miércoles 18 de marzo de 2009

Despedida.

En la madrugada de hoy, mientras releía a Herman Melville bajo la modesta luz que ofrece mi lámpara, reafirmé lo que estaba pensando días atrás. He decido ponerle fin a esta etapa, a este blog o bitácora. Aunque suene inverosímil, mientras trataba de dormir, escribía este último post en mi cabeza, y me recordaba que sí alguna vez han entrado a este humilde espacio ha sido para entretenerse – aunque haya sido un descalabro al fin y al cabo – y me he dado cuenta que las últimas entradas a este blog, han sido divagaciones mías, sin fondo ni forma; manotazos de ahogado. Escritos que solo me convencen a mí, porque fueron escritos solo para mí. Es por eso, que la razón principal de este blog a menguado en voluntad, y solo ha ofrecido retazos de la vida desordenada de su queridísimo bloger.

La verdad es que lo que he escrito a lo largo de estos meses – no sé cuantos, me da flojera hasta ver cuando empecé – no han profundizado en ningún tema, han sido escritos sobre lo cotidiano de la vida de una persona, lo banal y lo absurdo. Si bien eso no me molesta porque podría seguir haciéndolo (y creo que si hay alguien que debería juzgarlos soy yo, y aún así no lo hago, porque ellos se defienden por sí mismos) me causa gracia los problemas que me han traído, y solo para dejarlo claro, esta no es una de las razones por las que renuncio a este espacio, ya que considero que uno no debe pedir consentimiento de ningún tipo ni perdón para expresarse.

Esta claro que últimamente escribía para mí mismo, pero eso no significa que mezquino su interés por este espacio, al contrario ha sido claro combustible para seguir escribiendo día tras día – o mes tras mes -. Agradezco la idea de una bitácora pública porque me ha permitido conocer insospechados personajes, y también conocer aún más a algunas personas que ya conocía. Podría agradecer a muchas personas en este momento, pero prefiero dejarlo así. Estoy honrado por las respuestas y por el impacto que ha tenido en ustedes este blog, gracias.

Les mentiría si les dijera que he dejado de escribir, porque lo sabrían, visitando mi tumba, leyendo mi epitafio. Tampoco descarto la idea de volver, algún día.

Me había imaginado algo más breve, pero se hace lo que se puede, podía haberlo dejado en el título – malagradecidos -.

Tú, ¿Qué tienes que decir?.

lunes 16 de febrero de 2009

No soy necesariamente yo. (Parte 2, última)

¿Alguna vez han tenido la sensación de ser simples observadores de su vida? En ese momento no podía ocultar la excitación que sentía. Podía sentir por algunos y prolongados segundos; palpitaciones en ambas sienes e inevitable sudoración en el cuerpo. Caminé hasta donde estaba Cristina.

-Hola – le dije. No podía evitar observarla con poca discreción. Sus pómulos, sus labios, su cuerpo.
-Hola.
-¿Qué tal... ? – Una canción de moda, en forma de ringtone interrumpió mi frase. Le estaban llamando al celular.
-Un segundo – Me dijo Cristina, mientras acomodaba su cabello hacía atrás y respondía su celular, alejándose unos tres o cuatro metros. Aún con el disimulado esfuerzo de escuchar su conversación, no oí ni una sola palabra.

Aproveché para prender un cigarro, y dar vueltas en círculo. Me detuve para ver como un señor, en una de las esquinas inmediatas al edificio de la universidad, vendía rosas plásticas, o como se llamen. Lo curioso era su descarada falsedad, todas tiesas y de color rojizo puro, con gotas estáticas simulando el rocío de una mañana primaveral. Me imagino que muchas chicas se sentirían ridículas al recibir una rosa plástica de un sol y otras disimularían muy bien con una sonrisa agradecida, aduciendo la intención del gesto. A mí no me molestaría que me regalen una rosa plástica.

El dedo de cristina en mi hombro había terminado con mi clásico divagar.

-Tienes que hacer algo, ¿no? – Le pregunté, mientras hacía el ademán con la mano, simulando un teléfono.
-No, era mi... – Por segunda vez, su teléfono había comenzado a sonar.- ¡No puedo creerlo!. Discúlpame un minuto.

Ya no respondí nada, Cristina se alejó unos metros.

Por un segundo recordé a Rosario Quispe. Ella era la señora cincuentona que cocinaba en mi casa dos veces a la semana. A veces almorzábamos los dos solos, y era inexorable empezar una conversación. Me contaba los problemas de sus hijos, tíos, padres, nietos, cuñados, e innumerables esposos. Los nombres se me habían mezclado en la cabeza, pero siempre estaba ella para corregirme. En una oportunidad me contó que no creía en “A la tercera va la vencida”. Al contrario, me decía que si en dos oportunidades eras interrumpido de hacer lo que debes hacer, es mejor que no intentes una tercera vez, porque siempre termina muy mal. Me contó que su hijo había sido asaltado, en el tercer intento de salir de su casa, porque se había olvidado algo en las dos anteriores.
Dice ella que le advirtió varias veces ese día.

La verdad es que un par de veces me advirtió de lo mismo. Por suerte, no creo en supersticiones, y lo peor que me pasó fue pisar caca canina. Emocionado fui a contarle a Rosario el resultado fructífero de su superstición, y me interrumpió: “Tranquilo, joven. Pisar caca de perro da suerte” (sic)

Cristina se acercó a mí otra vez, mientras colgaba su teléfono.

-Ahora sí. Cuéntame; ¿Qué pasó? ¿Qué ha sido de tu vida? – dijo rápidamente, como si quisiera recobrar el tiempo perdido de las interrupciones. No dije nada, y me quedé viéndola.
-¿Cómo estas? – me preguntó.
-Estas apurada, ¿no? – Le pregunté.
-No, es solo que mis amigos... – trataba de explicar.- Bueno, no importa. Ya estoy aquí.
-Sí..
-¿Qué pasa? – Me preguntó.
-¿Qué?
-Te pregunto, si te pasa algo.
-Ah... Es que extrañaba estos lugares – Dije, mientras veía como se dibujaba un gesto de extrañeza en el rostro de Cristina. – Todos están muy preocupados y apurados.
-¿Quiénes? – Me preguntó.
-Ellos... – Señalé a los universitarios que entraban y salían de la universidad. Cristina haciéndome caso omiso, me preguntó:
-¿Dónde has estado?.
-Depende a que momento te refieres. He estado en muchos lugares en estos meses...
-Sabes a lo que me refiero... – Cristina empezaba a perder la paciencia.
-No, no sé. Lo importante es que he estado lo suficiente fuera, para extrañar estos lugares; esta ciudad.

Cristina miró su celular preocupada.

-Alguien me dijo que las personas son desechables – dije.
-¿Qué hablas? – Cristina escondió su celular, como si le hubiesen acusado de algo.
-Extrañaba todo esto, y solo empecé por el lugar incorrecto.
-Maldito celular – Dijo Cristina, cuando su celular empezó a sonar por tercera vez.
-Debes hacer algo más tarde, yo también me tengo que ir
-¿Qué? Pero... – Se inquietó por un segundo, luego sonrió automáticamente.- Sí, bueno.
-Cuídate – le dije.
-Oye Alex, no te desaparezcas – Bromeó nerviosa.
-Rosario tenía razón.- Pensé en voz alta.
-¿Quién?- me preguntó.
-Nadie.
Todavía sentía la mirada de Cristina en la nuca, mientras me alejaba. Crucé la calle.

-Señor, ¿se lleva una rosita, un ramito?. Pa’ la enamorada, la novia, la esposa, la amante, la jugadora, la señora... - me preguntaron al pasar.
-Dame una.

martes 10 de febrero de 2009

No soy necesariamente yo. (Parte 1)

-¿Aló? – Me respondieron del otro lado del teléfono.
-Hola... – Mientras intentaba explicar quien era, me interrumpieron. Me molesta que lo hagan, como si ellos fueran los que pagaran la llamada.
-¿Quién habla? – Preguntaba la voz femenina.
- Soy...
-¿Alex? ¿Eres tú?. – Interrumpió otra vez.
-Sí, te llamaba... – intenté explicar.
-Eres un desgraciado, no sé nada de ti – Me increpó, aún así no podía ocultar la alegría en su voz.
-Sí, he estado ocupado. –Traté de excusarme, aunque nunca he sido bueno mintiendo. Ella y yo sabíamos que había mayores razones, hasta mejores excusas.
-Uhm...
-¿Estás en Lima? – pregunté.
-Sí ¿Dónde más? Ya sabes, la universidad...
-Claro. Oye, ¿nos podemos ver un rato?
-¿Hoy?¿Ahora? – No la sentí con muchas ganas, y era más que comprensible, no nos veíamos hace mucho.
-Bueno, si no puedes ahora...
-No es eso. Sabes que ha pasado un tiempo...
-Sí, tienes razón. Quizás no es buena idea – le dije. Me sentía incomodo, comencé a arrepentirme de haber llamado.
-A las 6 de la tarde, en la salida principal de mi universidad. ¿Esta bien, Alex?- Era curioso escuchar mi nombre en su voz después de tanto tiempo.
-Sí, nos vemos.
-Nos vemos – Cristina colgó el teléfono.

Cristina y yo habíamos sido enamorados por casi un año. Hasta que decidí dejar la universidad por un tiempo; quizás ese fue el motivo más importante. Estudiábamos en universidades distintas, cada una en cada extremo de la ciudad. Lo que hacía difícil él vernos seguido, y esa razón termino siendo para mi un aspecto positivo de la relación. No se equivoquen, no es que no quisiera verla, sino que me considero de las personas a las que le gusta dedicarse tiempo para ellos mismos. Debo confesar que me gusta estar solo. Puedo pasar todo un día, sin dedicarle una palabra a otra persona, y si me hubieran dado la oportunidad, no hubiera hablado con ninguna en días y quien sabe, sí en semanas. Una vez conocí a un chico llamado Ernesto Castro, y salía con una chica de nuestra clase de Teología. La clase era impartida en las mañanas de invierno, y los salones no contaban con aire acondicionado. Los hubieran visto, cada uno tenía su taza celeste y rosada, probablemente de café caliente. Ambos cubiertos con unas frazadas, del mismo color respectivamente. Los veía juntos por toda la universidad, siempre de la mano. No lo soportaba.

Me gustaba Cristina, porque no es de las chicas que creen ser dueño de uno. Claro, no literalmente. No era de las chicas, que por el simple hecho de ser su “enamorado”, debes estar contándole lo que te pasa y lo que no te pasa. Siempre he dicho, que no hay cosa contada más sincera, si no es la que te nace compartirla. En efecto, Cristiana me había empezado a comprender con el tiempo, y al parecer no lo había olvidado. Cualquier otra persona hubiera preguntado por teléfono “¿Dónde estabas?. ¿Qué has hecho?” . Pero, Cristina no. Ella sabía que no iba a responder esas preguntas por teléfono, por lo complicadas que eran.

Eran las cinco de la tarde, así que todavía tenía tiempo. No tomaría un taxi; tomaría el bus que iba lentísimo. Así aprovecharía de ver la ciudad, aún cuando tenía la sospecha de que todo seguía igual en Lima.
En esta ciudad es un milagro encontrar un bus vacío, y yo no era precisamente un ferviente creyente. Estoy seguro que para subir a uno de estos transportes, hay que tener cierto entrenamiento, ya que nunca se sabe cuando el cabrón del conductor va a pisar el acelerador. Yo pude subirme, apoyándome en lo que quiero creer, era el hombro de un caballero. El viaje no fue tan malo, con la excepción de que tuve que pararme tres veces, para ceder el asiento a una persona mayor. Lo curioso era que, yo era el único que lo hacía, jóvenes ensimismados en su reproductor, o personas que les un importa un pimiento ceder el asiento, se quedaron bien desparramados ahí.

Cuando se acerca el cobrador del bus, asiento con la mirada y se pasa de frente. Al parecer esa es la señal de que uno ha pagado el pasaje. En mis tantos viajes en el bus, no he pagado la mitad de ellos. No sé porque lo hago. No lo hago porque me falte el dinero para el pasaje, ni mucho menos para pasarme de vivo. Aunque termino haciéndolo, es difícil de explicar, quizás es por la adrenalina o yo que sé. A veces me asusta, él reírme solo y fuerte, justo después de bajarme del bus, sin haber pagado un centavo. Su sistema de cobro no funciona.

Eran las seis y cuarto. Odio esperar, realmente, lo detesto. A veces no entiendo a las personas que llegan tarde. Es decir, entiendo que lleguen minutos después, pero lo que no comprendo es que si tienen a su alcance una herramienta para poder anticipar a la persona que espera, sobre su tardanza, igual no lo hacen. Y lo que es peor, es escuchar lo que dicen por ahí. “Si de verdad está interesado o interesada, va a esperar”. Que tontería, si se ponen a pensar un rato.

Cris me ubicó entre la gente, y me sonrió. Había olvidado porque estaba tan molesto.

sábado 10 de enero de 2009

El cuervo.

El cuervo tiene enterrada la cabeza en las piernas, se frota los brazos como si padeciera frío. Habla imitando a un niño.

-He caminado menos de lo que he anhelado.- Lo dice mientras golpeaba su cabeza contra el interior del débil pecho de su amo. Cansado se recuesta en un gastado pulmón, y descansa la cabeza en el rojo corazón.

-La realidad se somete a fuerzas “retardantes”, esas ausentes en los sueños que socavan el alma, y maltratan el cuerpo. Fuerzas que desentierran deseos que amenazan el simple caminar, humedecen los ojos, prenden cigarros, abren botellas. Es alarmante quedar muy rezagado a los anhelos, es síntoma de desmotivación. – Se escucha en el interior del ente, en forma de eco.

El cuervo da un respingo al recibir respuesta en aquel lugar insospechado, piensa un momento y señala:

-Muchas veces llegas a convencerte de que no tienes anhelos, o no tienen ningún sentido.

Un silencio sepulcral se mantiene en el ambiente, el cuervo jugueteaba con el hígado, le llamaba la atención su composición. Cada vez más se convencía de que aquella voz había surgido de su imaginación, como reflejo de su nostalgia; como un consuelo.

El eco arremetió otra vez:

-Convencerse que la felicidad está solo en las relaciones interpersonales, es vivir un espejismo.

El cuervo se sintió desnudo, le acababan de leer la mente. Se quedo callado.

-¿Por que no huiste, cuando pudiste?.– La voz preguntó.

-Por amor.- Dijo el cuervo casi al instante.

-No sabes nada acerca del amor, porque no se debe saber nada acerca de él. El amor te vuelve vulnerable, te produce ansiedad, no te deja respirar, te da frío, es esquivo y finito. No naciste para el amor. Y si vas a morir, muere por el amor que todavía te tienes.

El cuervo se hizo más pequeño.

-Desaparecerás con el kilometraje, con la experiencia. Aprenderás a amar, te lo prometo. Ahora, los preparativos y alistar maletas.

El cuervo incrustó su pico en el corazón y se ahogó con la sangre que brotaba a borbotes de él. Murió hoy.

domingo 28 de diciembre de 2008

Pero mira como beben.

Considero los últimos días del año especiales: Muy aparte de las fiestas, siempre es una buena excusa para dormir más de doce horas, levantarse solo para comer, para ir al baño, y para buscar el control remoto de la TV – en el baño, es el sitio más probable-.

Para variar un poco, hoy me conecté al Blog y pensé en escribir algo. Sí, sí, no he escrito hace mucho. No porque no tenga nada interesante que contar, – como si alguna vez lo hubiera hecho – sino porque no he tenido muchas ganas, y es que cuando pensaba en escribir algo, siempre había otra razón que sopesaba el no hacerlo. Han ocurrido muchas cosas desde la última vez que escribí, algunas que no me atrevería siquiera a nombrar, y otras que podría comenzar a contar y nunca terminar, perdiéndome en detalles, nimiedades.

Hace más de un mes me he mudado de departamento, y nos han obligado a colocar adornos exteriores para “embellecer” el edificio con motivos navideños, regla que es tolerable hasta cierto punto, Así que adornamos sobriamente nuestro balcón con pequeñas luces, y no fue tanta mi sorpresa saber que era el bacón más triste del edificio. Lo que me irritaba era el departamento del costado, donde vive una señora cuarentona, que había adornado a más no poder su balcón, haciendo parecer él nuestro como uno calato y pobretón. Solo faltaba que pusiera un siervo disecado con la nariz roja, representando al pobre Rodolfo.

Y no solo era el balcón, sino todas las ventanas y la puerta principal; tanto que te daba la bienvenida una cara enorme de Papa Noel de sonrisa orgásmica. En fin, eso no podría molestarme, ya que cada uno es libre de adornar su casa como se le venga en gana. Hasta el día en que el espíritu navideño traspasó los edificios para tocarme las bolas. La señora cuarentona de aspecto halloweense había puesto villancicos a todo volumen. Y joder, eran las nueve de la mañana, y usualmente duermo pasadas las tres, así que estaba en media noche..

“Pero mira como beben, los peces en el río...”

-La bruja - pensé, no podría ser otra. Ya había pasado anteriormente, la señora ponía Ritmo Romántica a todo volumen los domingos en la tarde, no la escuchaba porque siempre estoy fuera la mayoría de domingos. Pero un día normal, a las 9 de la mañana, no señor. Crucé el corredor, todavía despeinado y toque muy fuerte su puerta. El sonido era insoportable, ni siquiera yo podía escuchar mis golpes a la puerta. Tuve que esperar a que acabe todo el villancico, para aprovechar el bendito intermedio entre canciones.

Acabo la canción, y me abalance contra la puerta a puñetazos. Nada. La casa se mantenía imperturbable, un nuevo y escandaloso villancico comenzaba:

“Campana sobre campana...”

Estaba apoyado en su puerta, maldiciendo el día, maldiciendo mi triste vida tarareando el villancico pegajoso, y tamborileando los dedos en la puerta. Por fin acabado el villancico, tenía esos míseros segundos entre canción para tocar la puerta. Esta vez fueron fuertes golpes, hasta creo que metí un patadón de pura colera. Nada.

Derrotado, acepté el hecho en que ese día dormiría menos de cinco horas. En medio del tercer villancico apareció la señora con guantes y mandil de cocina, cuando abrió la puerta, por un segundo pensé que me quedaría sordo al momento. La bulla dentro de su casa era intolerable, dolorosa, hasta los Toribianitos morirían al instante. Tuve que gritar para decirle:

-Señora, disculpe... ¿Puede bajar el volumen?!!!

-¿Quéeee? – La vieja aparte de escandalosa, era sorda. Lo que explicaba algunas cosas.

-Baje el volumen de su radio!, carajo – Grité la primera parte, y susurré la última parte.

-Ah, la música... mis nietos estan aquí.- Dijo.

¡Mentira!. Nunca he visto niños por aquí, y si hubiera niños ya la habrían asesinado por torturarlos con semejante volumen, joder.

-Ya bajaré, bajaré - sentenció.

Se metió a su casa, sin disculparse. Ganador regresé a la cama, y sentí como la señora bajaba el volumen considerablemente, hasta que era imperceptible a mis oídos.

En mi rostro se dibujo una estupida sonrisa y empecé a cantar...

“Pero mira como beben, los peces en el río...”

No volvería a dormir hasta el día siguiente.

Saludos!

Feliz Navidad! ^^

Gracias por los comentarios a todos.

lunes 27 de octubre de 2008

El cojo.

Como ya lo escribí, los domingos me parecen depresivos y agobiantes. Antes juraba que era el día más largo, ahora siento que en estos días las horas pasan volando. Siento el peso del Lunes en la noche dominical, el agobiante inicio de la misma rutina semanal.

Debo confesar que los días útiles de esta semana han sido diferentes (dias utiles: me refiero de lunes a viernes, el sábado no lo cuento; porque estoy en coma hasta pasado medio día y el resto del día parezco un fantasma vagabundo) cargada de emociones que no sabría contar, y que ciertamente no debería –para salvaguardar el buen gusto y respeto a los lectores-.

No recordaba la última vez que jugué un partido de fulbito. Y estoy seguro que no olvidaré el que jugué ayer, el que me sacó del descanso, de la banca.

No hacía deporte hace más de un año (no es algo de lo que pueda alardear, lo sé.) Y ayer sábado, se me presentó la oportunidad de redimirme con mi espíritu deportivo – que nunca tuve, pero suena bonito decirlo- al jugar un partido de fulbito, una pichanga como se dice, no me podría matar.

A los tres minutos de iniciado el juego, en una cancha de tamaño regular, sentía el corazón contra el pecho en cada respiración y el eco de los latidos a mil, en mis oídos. Era un desastre. Si me quedaba más tiempo en esa canchita de fútbol, me habría muerto.

El equipo con el que jugábamos nos ganó con justicia y se llevó el premio (una chanchita para la gaseosa, que no compartieron los desgraciados.) Nuestro equipo; una sarta de panzones, cegatones, debiluchos, y deportistas – como yo -. Se encontraba reposando fuera del campo, recuperando fuerzas para un nuevo partidito, otra pichanguita.

Esta vez, no había pierde: jugábamos entre nosotros. Así que podía lucirme con las jugadas de laboratorio y estrategias de campo que se elaboraban en mi cabeza. Los equipos estaban bien repartidos, así que no había de que preocuparse. Los resultados no fueron los esperados, yo era una suerte de árbitro en el campo, un arbitro agotado que solo seguía la jugada y el balón, pero que no lo tocaba.

El goleador del partido fue un chico que tenía la mitad de mi edad, o sea diez años y por supuesto; era jugador del equipo contrario. Y mi equipo que parecía del “otro equipo”, perdía por extensa diferencia. Aún así y por las reglas del fulbito de barrio, se propuso el “mete gol, gana”. Entonces, sacando fuerzas de pasión, que solo una tarde con tus amigos agotados, bajo el color gris del cielo, el sudor malgastado, las risas sencillas, dispusimos de anotar el gol del triunfo, y llevarnos la satisfacción a casa. Lo único que yo me llevé fue el dedo gordo del pie hinchado.

Debido a la poca luz de la tarde limeña, y de esos azares de la vida; pateé una alambrada de metal(la que rodeaba el campo, la cancha de fulbito), confundiendo la pelota. No sé si grité, pero me dolía mucho. El cojo compartió una gaseosa con su gente, y se despidió malherido.

Hoy domingo, amanecí mejor. Solo espero que no pasé otro año para jugar fútbol o hacer algo de deporte.

Disculpen la demora del post. Espero que lo disfruten leyéndolo, como yo lo hice escribiendo.

Y el post anterior, deben entender que era algo abstracto. No sabía que escribir, pero debía hacerlo. Es como llorar para desahogarse, contar para no angustiarse.

Gracias por los comentarios.

Saludos del cojo.

viernes 10 de octubre de 2008

Diez de octubre.

El diez de octubre, es solo un día.

El diez de octubre es un día después del nueve, que te cubre y te conmueve. La sonrisa de una niña que se descubre para preguntarle a su madre, si va a comprar los fideos con forma de bolita, que ella misma había elegido. Y la madre disimula una sonrisa a la cajera del supermercado, y aleja a su hija con un casi imperceptible ademán. En su bolsita de supermercado estaban ya: Dos manzanas, medio kilo de menudencia de pollo, aparente medio kilo de azúcar y arroz, una docena de hamburguesas en un paquete congelado de color llamativo; amarillo estridente: “Doce hamburguesas por seis soles”. Doce hamburguesas. Doce serían su almuerzo para toda la semana. Doce hamburguesas.

-Mamá, te olvidas de los fideos... – Dice la niña, apuntando a un paquete de fideos de bolitas.

La madre se sonrojó, y empezó a contar sus monedas, mientras sacaba la cuenta del total, y restaba la diferencia en su cabeza, lo más rápido que ésta le permitía.

-Los fideos no son nuestros. – Dice la madre, apartándolos bruscamente contra mis compras.

Naturalmente yo era el que seguía en la cola del cajero de supermercado. Me quedé perplejo de la escena, que no pude decir nada. Le eché una mirada a mis compras, y no pude evitar una vergonzosa comparación con las compras de la señora. Quería decir algo, pero no encontraba las palabras. La señora me miró, luego a su hija que también me miraba. La agarró con brusquedad y salió del supermercado, alejándose de la incomoda escena.

Luego de pagarle a la cajera del supermercado, todas mis compras. No dejaba de pensar en la situación pasada.

Es cómico. Horas antes me sentía muy mal, por razones diversas, que no vienen al cuento. Pero no podía siquiera posicionarme en el pellejo de la señora. Ya no me sentía mal. Ahora me sentía avergonzado por agigantar y dramatizar mis problemas personales, cuando existen muchos importantes allá afuera.

Cuando llegué a casa, escribí un largo correo. Molesto. Ya no quería que Miss Carrusel se burlara de mí. Escribí un moderado post, que hoy publico. Vacié las compras del supermercado sobre la mesa. Y un discriminado paquete de fideos de bolitas se encontraba en la cima del montón de productos.

Hoy es un diez de octubre.

Un día después
de la señora de negro, la hija con frió, doce hamburguesas, el paquete de fideos.
Un año no es un logro, es un escalofrió, una belleza,
un día sin dedos.

Feliz aniversario.
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